En la ciudad de Lima (Perú) la respuesta comunitaria al hambre surgido por las medidas sanitarias tomadas por el gobierno para contener la pandemia de Covid generó un fenómeno muy particular: las llamadas «Ollas Comunes», surgidas en 2020 en los territorios más pobres y vulnerables y que brindan alimento diario a unas 300 mil personas. Unas 500 ollas comunes de las 2000 que hoy funcionan en Lima se organizan en la Red de Ollas Comunes de Lima. Y forman parte de la Red de Ollas Comunes, que no están atados a gobiernos ni partidos políticos, y exigen el cumplimiento de derechos. Mediante movilizaciones y lucha lograron el reconocimiento por ley y se han transformado en un actor importante al momento de hablar de alimentación y hambre.
«Las Ollas Comunes (OC) se definen como espacios auto-organizados por grupos de vecinas y vecinos que no pueden enfrentar por sí solos el acceso y la preparación de sus alimentos, y que ven, en la acción colectiva, una respuesta solidaria para sí mismos, sus familias y sus comunidades”, precisan en un documento de difusión público que sistematiza buena parte del camino realizado.

Alain Santandreu es presidente ejecutivo de la ONG Ecosad (Consorcio por la Salud, Ambiente y Desarrollo) e integrante del Equipo Técnico de la Red de Ollas Comunes (OC) de Lima. Es investigador y activista por el derecho a la alimentación y los Derechos de la Naturaleza.
—¿Cómo podría explicar qué son las Ollas Comunes?
Tendría que explicar primero el contexto en el que nacen. Perú tiene, al igual que otros países andinos, la cultura de la minga, que es propia de la numerosa población indígena y campesina, pero también tiene toda una cultura mestiza y urbana muy fuerte. Se basa en la idea de la reciprocidad, que supone que yo hago algo por vos y vos lo hacés por mí en el marco de nuestra comunidad. La minga es una forma comunitaria campesina e indígena donde, por ejemplo, para levantar la cosecha, se organizan y trabajan todos juntos. La idea de la reciprocidad y la comida compartida es una parte fundamental de la minga y también de las ollas comunes.
—¿Y eso también sucede en ciudades como Lima?
También sucede en las comunidades urbanas. Hay que tener presente que Lima es una ciudad que se construyó por oleadas migratorias internas, sobre todo después de los años 90 del siglo pasado, con mucha gente que vino de provincias huyendo de la violencia política y la falta de oportunidades económicas. En los territorios donde se encuentran las ollas comunes está muy presente la cultura del trabajo conjunto conocida como “faenas comunitarias”. Por ejemplo, si no hay una escalera, la comunidad se junta y hace la escalera para poder transitar o pone piso al salón comunal.
—¿Cuál es el contexto del nacimiento de las Ollas Comunes?
En 2020, para enfrentar la pandemia de Covid, surgen las Ollas Comunes. Nacen en forma solidaria, espontánea y auto-organizada. Vos tenías dos tomates y una cebolla, yo tenía un kilo de arroz, el otro sumó dos latas de atún y nos juntamos para prepararlos y comemos juntos; tu familia, la mía, la del otro. Y además alguien dice: «Mirá, el vecino de enfrente está solo, que venga y coma con nosotros». Todo en el contexto de confinamiento. Y ese señor llama a su hijo, que viene con el nieto del señor… y así se armaron espacios para comer de unas 60, 70 o, incluso, más de 100 personas que cocinaban todos los días y que iban juntando la comida con lo que cada uno podía poner. Fue un movimiento espontáneo que surgió en junio del 2020, un par de meses de iniciada la pandemia de Covid.

—Fue la respuesta a una necesidad…
La única forma de sobrevivir es juntarse y organizarse. Nadie se salva solo, nos salvamos en comunidad. Ese grupo que se organizó en torno a cinco distritos iniciales fue creciendo, se formó una Red y pasó a tener representación en 18 distritos de Lima (de los 42 que tiene la ciudad). Cada distrito es un municipio autónomo con un alcalde. Entonces, cada Olla comenzó a organizarse y a recibir donaciones.
—¿Con fondos públicos?
No recibieron presupuesto público hasta el 2022, porque como no estaban reconocidas con un marco legal, el gobierno aducía que no podía darle fondos. Todo en un contexto de emergencia alimentaria, aumento de la pobreza urbana y fuerte discriminación social.
—¿Cuál fue la respuesta de ustedes?
La Red de Ollas Comunes se movilizó. Las compañeras (nueve de cada diez son mujeres) contactaron a una congresista para poder armar una ley. Luego de muchas idas y venidas la ley se aprobó y se reconoció a las Ollas Comunes. Y así se empezó a recibir recurso primero vía decreto legislativo, que era la forma de asignación en el marco de la pandemia, y luego incorporado al presupuesto del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social.
—¿Eso reconfiguró el trabajo?
En parte sí, aunque es importante aclarar que el presupuesto siempre fue insuficiente. Nunca se llegó a cubrir ni el 50% del requerimiento calórico y proteico necesario para sostener a una persona adulta al día. Hoy estamos por el 35% del aporte calórico por persona y no para todo el mes. Sin embargo, tenemos el mismo número de ollas y de personas comiendo que durante la pandemia, porque la situación económica no ha mejorado lo suficiente y la inflación alimentaria continúa siendo importante en el país.

—¿Cuántas personas se alimentan en las ollas comunes?
Unas 300 mil, pero en realidad creemos son más porque las raciones en muchos casos se comparten entre más de una persona y se fraccionan. De un menú comen dos y la sopa se deja para la noche.
—¿Qué se cocina?
Básicamente arroz, lentejas y porotos con algo de proteína animal, sobre todo enlatados de atún o similares y carne congelada de baja calidad que aporta el Ministerio de Desarrollo Social. El déficit de micronutrientes, minerales, fibra y vitaminas es grande porque muchas ollas no pueden incorporar verduras frescas y frutas, ni carne fresca en la cantidad requerida. Se recibe un presupuesto miserable, que equivale a 50 centavos de dólar por ración para cubrir una comida al día y abastecer 20 días al mes. El gobierno se propone complementar la alimentación, pero en las ollas, la ración que reciben muchas veces es la única que tienen segura en el día.
Datos duros y posicionamientos
Si bien no hay información oficial confiable, una publicación reciente con datos a mayo de 2025, que analiza la situación actual de las ollas comunes de Lima refiere que existen unas 2000 ollas comunes que alimentan a 140 mil personas al día. La Red de Ollas Comunes de Lima plantea seis ejes estratégicos: garantizar presupuesto público digno; articular y promover las donaciones que realizan las empresas; incentivar la recuperación de alimentos; apoyar la agricultura familiar y promover la agricultura urbana; articular acciones integrales en los territorios; y promover la alimentación saludable y la nutrición.
—En los escritos de las Ollas Comunes hay una marcada crítica a los gobiernos, señalando que, a diferencia de otras iniciativas alimentarias (como los comedores comunitarios), no pudieron ser cooptadas por los gobiernos.
Mantenemos la crítica y la distancia con las prácticas clientelares y arbitrarias de algunas autoridades. Además, tenemos demandas concretas que buscan una alimentación saludable, porque no se trata solo de llenar la panza para no pasar hambre. Tenemos todo un proceso de discusión en términos de política alimentaria. Discutimos con las autoridades por qué las ollas comunes deben tener un programa específico y claro, por qué el Estado no responde adecuadamente. Además, nos hacemos cargo de una lucha para transformar los sistemas alimentarios, tenemos un sistema alimentario que promueve una dieta neoliberal que aumenta el riesgo de enfermedades para toda la población y, mucho más, para quienes comen en ollas.
—En Argentina existe un debate desde hace años, respecto a los planes sociales y también a los comedores comunitarios. No refiero a las críticas conservadoras, que quieren quitar derechos, sino una crítica desde lugares que entienden la alimentación como un derecho básico, un derecho humano. Y plantean que cuando los planes sociales o la entrega de alimentos no llega a cubrir lo básico, se está administrando la pobreza y no cuestionado el sistema. ¿En Perú está ese debate?
Son idiosincrasias y culturas muy distintas. La clase media quiere tener el alimento en su mesa porque no hace actividades comunitarias. Cuando se está en una dinámica comunitaria, la lógica puede ser un poco distinta.
La vida comunitaria incluye la alimentación. Es lo que te decía al principio, viene de esa mirada de reciprocidad andina de cuidado comunitario. Entonces, la alimentación no es un acto individual, es un acto político y cultural.
Por otra parte, la decisión del consumidor para comprar alimentos saludables es una práctica que pueden realizar quienes tienen recursos y acceso a alimentos. Infelizmente es algo que no se pueden permitir los sectores populares.
Muchas personas resuelven la alimentación trabajando, generando un ingreso y comprando los alimentos para la familia, metidos en su casa, sin participar en la comunidad. Pero las Ollas Comunes reivindican el acto político de reunirse y de poder alimentarse en forma comunitaria. Por eso la lógica de las Ollas Comunes no desaparece cuando mejora la situación económica individual. Por el contrario, pasan a demandar que su trabajo sea reconocido como parte de las políticas de cuidado. Al asegurar la alimentación de muchas familias, las ollas y las cocineras deberían ser reconocidas como una parte importante del cuidado comunitario.










