En un país como Chile, marcado por la diversidad geográfica y profundas brechas estructurales, la agricultura familiar campesina e indígena sostiene gran parte del tejido productivo y alimentario de las comunidades. En el centro de esta labor, las mujeres rurales cumplen un rol indispensable no solo en la preservación del territorio y los saberes ancestrales, sino también en la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible.
Dirigente gremial con casi 14 años de trayectoria, formando parte del directorio de la Federación Red Apícola Nacional (RAN F.G.), desde la cual integra de la Mesa Nacional de la Mujer Rural e Indigena, Carol Acevedo analiza las barreras críticas que enfrentan las trabajadoras del campo chileno: desde la privatización del agua e hiperconcentración de la propiedad de la tierra, hasta los recientes retrocesos en programas públicos de autonomía económica y social.
En esta conversación a propósito del Día Internacional de la Mujer Rural, Acevedo reflexiona sobre la necesidad urgente de fortalecer la participación política efectiva de las campesinas, la transición hacia la agroecología, la puesta en valor de la memoria comunitaria y la urgencia de avanzar hacia una verdadera soberanía alimentaria en la región.
¿Qué significa conmemorar el Día Internacional de la Mujer Rural y cuál es la situación que visibiliza, desde su labor, de las mujeres en el campo, en este caso en el chileno?
Somos una federación que nos dedicamos al trabajo y a la defensa de la actividad apícola, más allá de solo nuestro gremio o nuestros asociados, sino que hablamos de que preferimos participar de la creación de bien público.

Desde esa perspectiva representamos a pequeños productores y productoras de la apicultura en Chile, que en promedio tienen 200 colmenas o menos y, en general, en Chile sobre el 85 % de los apicultores y apicultoras son de Agricultura Familiar Campesina e Indígena (AFCI), con unas 300 colmenas más o menos. Es desde esa perspectiva que nos vamos configurando como organización nacional, interactuamos y nos coordinamos con otros tipos de organizaciones nacionales del área de la AFCI, y estamos reconocidos por el INDAP, que es el Instituto de Desarrollo Agropecuario que atiende a la AFCI.
Actualmente estamos con un gobierno que nos ha cambiado mucho las condiciones y, en particular, las condiciones hacia las mujeres rurales están siendo bien impactadas. Como federación nos articulamos a otras organizaciones nacionales reconocidas por el INDAP y desde el 2014, desde la federación, me solicitaron que me integrara a lo que es el grupo de trabajo de las mujeres de las organizaciones. Así es como nos integramos al trabajo del grupo temático de mujeres en el INDAP.
También integramos la Mesa Nacional de la Mujer Rural e Indigena. Desde ahí también participo en representación de las mujeres apicultoras dentro de esta mesa. Como grupo temático desde el INDAP vemos el tema productivo y como hace casi tres años hemos estado trabajando con el SAG, que es el Servicio Agrícola Ganadero, en la mesa de mujeres rurales. El SAG es el que toma las decisiones en temas de importación, control de plagas y una serie de cosas que se vinculan directamente con el quehacer que tenemos las mujeres en la actividad productiva silvoagropecuaria.
Hemos hecho cosas interesantes y me gustaría más allá que hablarte solo de mi organización, hablarte del trabajo que llevamos haciendo entre este grupo de organizaciones nacionales que, como siempre decimos, hemos logrado algunos hitos como levantar políticas públicas para mujeres rurales, tener reuniones biministeriales, que lo hemos conseguido en más de un gobierno.
En el tiempo de COVID, incluso, y lo digo con bastante orgullo, creo que las mujeres de las organizaciones a nivel nacional marcamos un hito: comenzamos a reunirnos de manera virtual, cosa que yo venía peleando por mucho tiempo. Nuestro país es extenso, son cuatro mil kilómetros de extensión, por lo tanto, venimos de distintos puntos y eso significa que nos cuesta movernos y es caro. Entonces, decía que nos conectemos virtualmente y me decían que no, que la virtualidad era para otros y cuando nos llegó pandemia, lo que nos ocurrió es que empezamos a reunirnos virtualmente, con todas las dificultades de conectividad en las zonas rurales, ese tiempo la plataformaera Skype.
Así levantamos un documento de demandas hacia el gobierno, con propuestas, no solamente críticas, cómo mirábamos que se podían abordar las dificultades, y desde ahí salió la base para lo que fue el Plan de Semillas que se lanzó en el país, en esto de empezar a mirar que íbamos a tener una dependencia alimentaria más o menos crítica y si las cosas se iban cerrando cada vez más, íbamos a estar en condiciones difíciles.
Entonces, hemos hecho cosas de ese tipo, también abrir temas de créditos con intereses especiales para las mujeres desde el INDAP, que otorga créditos hacia los la agricultura familiar campesina. Hemos ido haciendo cosas como esas, con realidades, sosteniendo el diálogo con nuestros territorios. Y por eso lo interesante que te digo es como conversar esta situación que va más allá del un territorio donde habito, sino cómo vamos a dialogar con los distintos territorios.
– Además del territorio, ¿qué otras barreras enfrentan las mujeres en todo este escenario que me has contado? ¿Qué barreras son las más apremiantes?
Podría decirse actualmente, sobre todo después del proceso del COVID y también antes, que ciertas políticas que se desarrollan últimamente en la región ponen en riesgo la soberanía alimentaria, hace que la situación se comience a colocar bastante difícil.
Se supone que el 30 de septiembre, en nuestro país, el presidente con su equipo entrega el Presupuesto de la Nación para el año siguiente, para que se comience a hacer la evaluación. Bueno, en este caso entregó como dos hojitas al Congreso, así como el resumen, la síntesis del Presupuesto, y unos días después lo terminó y presentó el presupuesto completo y observamos que se viene un fuerte impacto hacia las mujeres. Ya durante este año decidieron cerrar el programa de Mujeres Rurales), aunque ellos lo declararon en evaluación, en el nuevo presupuesto se observa que es un cierre porque el convenio INDAP- PRODEMU (Fundación para la Promoción y Desarrollo de la Mujer) desaparece, convenio del cual derivaban el programa de mujeres rurales.
Es un programa que a nivel internacional se conoce y se ha reconocido, en sus 34 años de ejecución, con llegar a lugares donde no llega ningún otro organismo público, donde las mujeres han adquirido herramientas y temas de autonomía, todo tipo de autonomía, no solo la económica, también la emocional y social. Entonces, desde esa perspectiva, es complejo porque son las mujeres más precarizadas que llegaban al programa y ya no va a seguir.
Además dicen que cierran PRODEMU dentro de lo que viene en el presupuesto, lo que también es complicado porque no era solo el programa de apoyo rural, sino de contención emocional, y en muchas cosas ellos tienen una especialidad de trabajo. La justificación es que era parte de la primera dama y de los recursos que estaban asignados hacia su función, y que cuando eso se cierra entonces ya lo tiene que recoger el Ministerio de la Mujer.
Entiendo que cuando uno llega a un lugar, a un trabajo, a asumir alguna cosa, asume lo que hay, no puede empezar a hacer los cambios de algo que hace 4 años atrás se había ya definido. La ministra de la Mujer también sale apoyando que en realidad, o sea, si el problema es de administración, corrijamos los problemas de administración.
Pero el mensaje que dan es que ya no hay apoyo para las mujeres. Se ve porque dentro de este presupuesto, por ejemplo, está el presupuesto de la CNR, que es la Comisión Nacional de Riesgos. Tú sabes que nosotros somos el único país del mundo que tiene el agua privatizada y que tú no puedes sacar el agua aunque esté pasando por tu casa. La tierra y el agua en este país se venden por separado, así como las figuritas de Marvel más o menos, y eso nos divide además como país.
Te cuento una experiencia. Hicimos hace años atrás un encuentro de mesas de las mujeres rurales a nivel nacional, con todas las regiones. Le pedimos que trajeran algunas presentaciones del trabajo que estaban haciendo, y las mujeres del norte cuando exponen dicen que la diferencia con la gente del sur, que tiene un montón de agua, es que no tienen agua para producir. Y cuando exponen las mujeres del sur dicen que el problema es que pasa el agua por los campos y no la pueden sacar porque son multadas. Y claro, hasta ese momento se estaban mirando unos a otros de manera completamente distinta, nos mirábamos de pronto como enemigos.
Es una realidad que es super fuerte y ahora, a través de la Comisión Nacional de Riego, que hace años atrás se han conseguido que existan presupuestos asignados para concursos para la agricultura familiar campesina e indígena que antes no existían, porque tenía igual que poner la plata y todo, pero antes no existía pues esos montos, fue una pelea que se dio y dentro de eso hay unos concursos que son específicamente para mujeres, entendiendo esta realidad que de pronto no son propietarias de la tierra, pero reconociendo que si está casada y el marido tiene la tierra puede trabajar.
Ahora cuando uno mira el presupuesto se ve que a la Comisión Nacional de Riesgos le bajan un porcentaje importante de recursos y eso significa que no van a ser los grandes a los que se les va a quitar ese dinero, mirando la línea de gobierno en la que estamos.
– Y antes ese escenario, ¿cuáles previsiones, medidas y acciones están tomando para mantener la comunidad de mujeres en el campo?
Una de las cosas que hemos hecho primero es la de dialogar que hay derechos a los que no podemos renunciar, hay que pelearlos y defenderlos, y eso significa estar haciendo y seguir interviniendo en política pública, aunque no nos quieran tener ahí. Nosotras tenemos como mesa 30 años de existencia.
No tenemos una figura legal, porque entendemos que las mesas son horizontales y son para la construcción de política pública, no como organización en sí, pero nosotros ante eso mantenemos la exigencia de tener que reunirnos con ciertas autoridades permanentemente o con ciertos ministerios. No bajamos los brazos, y cada vez que llega un nuevo gobierno decimos que no nos vengan a contar cómo se hace, si las que llevamos todo el tiempo aquí, independiente del gobierno de turno, somos nosotras. Estamos sentadas en esta mesa, debatiendo y discutiendo y no hemos dejado que desaparezca.
En el gobierno anterior peleamos mucho para que se pudiese tener un estudio de todas las políticas públicas que se han desarrollado en Chile a partir del año 90, desde cuando ya se instala la democracia, y en esos 35 años cuáles son las políticas, cosas que antes no teníamos y que de pronto nos permite también ir mirando para saber cómo direccionamos nuestras acciones, hacia a quiénes y cómo las vamos concatenando.
Lo hacemos así desde la política pública, desde los territorios, el seguir trabajando y desarrollando todo lo que es la transición hacia la agroecología, que decimos que se levantó también con el gobierno anterior y que las mujeres están con mucha fuerza en los territorios a través de eso, porque es todo el tema de generar bioinsumos, poder tener la alternativa de producir alimentos que son saludables, que no te contaminan los territorios y que, por otro lado, va aprovechando lo que en otros lados llamaríamos desperdicio, esos mismos insumos para estar generando el retorno a la tierra con los nutrientes correspondientes y que nos pueda aportar, entonces seguir haciendo ese círculo virtuoso. Se ha puesto énfasis en eso.
– ¿Cómo explicarías el papel del saber ancestral de las comunidades de las mujeres en ese proceso? ¿Qué tan importante es también desde el hacer comunidad, herencia y cultura?
Creo que la actividad de las mujeres rurales y esa transmisión que se genera, que no es de generación en generación solamente, es con nuestros padres, con nuestra comunidad en sí, es algo que te permite la defensa de la vida en forma permanente y sistémica, no es solamente una parte, un área, sino que es un trabajo completo.
Una de las cosas que cuando me ha tocado exponer ante ministros, ministras y otras autoridades, es que tenemos que entender que en la mujer rural no podemos separar el trabajo de la vida, del quehacer. Nos movemos para todos lados con eso, es parte de nuestro ecosistema. Entonces, miramos de otra manera el rol de cuidado que se tiene, de las semillas. No es solo decir que esta semilla se guarda así. Esta semilla viene con la historia, esta viene desde tal familia, mis abuelos.
Hay un relato que nos permite desde esa perspectiva transmitir la cultura de cada uno de nuestros hogares, de nuestros territorios, de nuestras comunidades, y esas redes que vamos formando.
Hace muchos años atrás, me vine acá a la región a estudiar a la universidad. Ya hace más de 20 años que vivo en zonas rurales, que regresaron mis abuelos cuando volvieron de las salitreras, volvieron a la agricultura, que era la labor de mi la actividad tradicional de mi familia por parte de mi abuelo y abuela maternos. Cuando me vine acá a estudiar ingeniería en alimentos, trabajé con comunidades del mundo mapuche y me cambió completamente.
Además, soy hija de un chofer de camión. Viajé siempre con mi padre en los tiempos que teníamos libres y miraba la naturaleza y quedaba encantada, pero el entendimiento lo vi con el trabajo en las comunidades, desde esa conexión. Creo que en esa conversación, en ese cariño, en ese entendimiento de por qué pasa una cosa relacionada con la otra, nos hace cambiar la perspectiva de nuestra vida y de nuestros mundos. Entender que el alimento es una parte vital de la salud y de la vida.
Siempre menciono a las mujeres de Tirúa. Por varios años me pidieron ir a trabajar con las mujeres de esta comuna, en temas de recuperación de la alimentación más tradicional. Tirúa es una de las comunas de las 350 y tantas de nuestro país que presentaba los más altos índices de obesidad en niños y niñas. Entonces el alcalde, un alcalde mapuche, me dijo qué podíamos hacer en una población del 90 % mapuche.
Esa es una zona donde las tierras trabajables son muy pocas. La parte forestal los tiene invadidos. Es la forestal, la carretera y el mar. Es eso más o menos la realidad del lugar. Entonces, se empezó a trabajar con ingenieros forestales, por el bosque nativo. Empezar a ver la recuperación de pequeños pedacitos.
Estuve varios años trabajando con las mujeres, donde ya estaba tan intervenido todo esto, en un pueblo que además estaba militarizado, donde le daban arriendo a los carabineros que tenían tomado el lugar y, de pronto entre las conversaciones, algunas empezaron a volver a recuperar ese sentido de empezar a trabajar la tierra y el pequeño pedacito que tenían y de convencer a sus maridos que había que estar abajo los árboles de eucalipto y de pino, porque no era el buen negocio.
Ahora miro y te lo cuento con mucha alegría, porque cuando llegué a trabajar con las mujeres allá, muchas de ellas no sacaban los ojos del suelo, con los hombros caídos, y apenas hablaban. Actualmente, hay un grupo que se fue consolidando en el trabajo y que algunas han ido hasta a México en actividades, lo que para ellas, que nunca habían soñado con salir a la capital de la región del lado, llegar a eso es increíble. Son las dirigentes, algunas de ellas potentísimas.
Y es en esta transmisión, en este saber que te conecta con la naturaleza, que te hace el sentido de vida. Dejar nuevamente de consumir ese «alimento» ultraprocesado, que claro, que es fácil, lo abrís, listo y te lo serviste y quedaste satisfecho, pero lo que significa, lo que te conecta con la salud, lo que te conecta con un bienestar y con un sentido distinto, volver a recuperar esos aromas que los ultraprocesados no lo tienen.
Creo que también hay algo que es muy tentador para la gente de la ciudad, que es llegar a esta ruralidad y mirar quizás la práctica que se hace y encontrar un sentido distinto a lo que es el alimento. No solamente por estética, no solamente porque está de moda. El tema es cómo me conecta con eso que nos está faltando tanto, que el COVID lo terminó de sellar, quedarnos en nuestras casas, no nos movamos más allá.
La agricultura familiar campesina indígena, le pongo siempre el término de indígena porque nosotros desde Chile y desde las organizaciones hemos acordado eh visibilizar a nuestros pueblos originales. Tenemos nuestra parte de pueblo originario y tenemos que valorizar esas culturas distintas y hablo de pueblos originarios, no solo de las comunidades o del pueblo mapuche, que entre ellos están los tehuelches, y tienes a todos los del norte, que a veces tampoco se visibilizan mucho. Entonces también hay un tema, visibilizamos a las rurales, pero dentro de las rurales invisibilizamos a los indígenas, pero dentro de los indígenas invisibilizamos más a las culturas del norte, por ejemplo, que al pueblo mapuche.
Con las mujeres de campo aprendo mucho, siento que son unas conversaciones valiosísimas que se tienen, porque cuando a mí me tocó ir a trabajar con el tema de ellas, de volver a hacer las mermeladas de la forma que se hacían antiguamente, siempre reconozco un profesor que tuve que decía que como ingenieros de alimentos a la gente de campo no le van a venir a decir que no sabe hacer las cosas, o que es magia lo que están haciendo, que lo único que teníamos diferentes de ellos es la explicación científica, bioquímica, de lo que ellos hicieron a través de la observación.
Y lo recuerdo siempre porque a mí me sirvió mucho cuando trabajo con las comunidades. Ellas me cuentan, me explican lo que hacen, y yo le digo el por qué tiene el sentido y cómo es que desde ahí quizás podemos corregir algunas cosas o no, cómo lo podemos ir viendo. Entonces, es ir construyendo. Además, vamos a ver que es horizontal entre todas, paralelo, y contribuyéndonos, que no te cuento esto porque me va a hacer mi competencia. Eso yo siento que todavía se mantiene mucho en la ruralidad y que nos cuesta sostenerlo en otro lado.
Tenemos que decirle a la gente que vayan a mirar el mundo rural, vayan a complementarse de esta realidad que nos hace alimentar a los pueblos. Cuando ocurrió la pandemia del COVID, fueron los sectores rurales los que salieron a alimentar a los pueblos, porque no había comida en las ciudades.
«Creo que políticas que habría que fortalecer es el tema de que las mujeres tengan acceso a titularidad de tierra. Eso es necesario, porque o bien dejamos de poner como exigencia la titularidad de tierra para financiar proyectos o bien hacemos que las mujeres tengan ese derecho que les corresponde…»
– ¿Cuáles políticas específicas crees que deberían fortalecerse en este trabajo con la mujer rural y cómo se podría también buscar apoyo a nivel regional?
Creo que políticas que habría que fortalecer es el tema de que las mujeres tengan acceso a titularidad de tierra. Eso es necesario, porque o bien dejamos de poner como exigencia la titularidad de tierra para financiar proyectos o bien hacemos que las mujeres tengan ese derecho que les corresponde, a reconocer propiedad de la tierra y que no la pierdan. Y eso lo pienso más allá de Chile, en las conversaciones con organizaciones internacionales que tenemos una dice que no pasa solo en mi país, por lo menos Latinoamérica y Caribe nos ocurre bastante.
En el caso de Chile, tener además acceso al agua. No puede ser que estemos restringidos porque nuestras cuencas están agotadas, los caudales de agua están sobre otorgados.
La primera cosa es garantizar titularidad tanto de agua como de tierra. Nosotras igual hemos levantado hace tiempo una propuesta de que las tierras que están todavía en manos de bienes nacionales, que es del Estado, y que pueden ser entregados a movimientos de mujeres, a organizaciones de mujeres, para que las puedan trabajar. Incluso con posibilidad de compra y como el subsidio que te dan para la casa, el subsidio para la tierra. El subsidio para la tierra quizás comunitario, con la restricción de que si se quiere vender no se haga para un fin distinto, es decir, si te salió como agrícola, que sea agrícola.
Un poco desde esa perspectiva pensando en lo que son los medios básicos para poder empezar a producir. Después de eso, creo que en nuestros países nos falta mucho reconocer los saberes de los campesinos y las campesinas.
En Chile existe, por ejemplo, una institución que valora y desde donde tiene todo el reconocimiento los perfiles ocupacionales que tiene la gente. Y decimos que para nosotros sería importante que se pudiese establecer ciertos perfiles de la gente del sector de agricultura, familia, campesina e indígena, para que cuando se postulen a programas de, por ejemplo, la transición hacia la agroecología, aquellos que siempre han tenido estas prácticas, su saber sea reconocido y puedan ellos ser los maestros, las maestras que están en los territorios transmitiendo este saber.
Son cuestiones básicas de que seamos capaces de reconocer que nuestros antiguos tienen un saber que lo podemos complementar con la ciencia, y empezar también a reconocer las voces en los territorios. Muchas veces se plantea que las mujeres no participan y tú, yo y todas las que somos mujeres participamos un montón. El problema es que participamos en las bases, no hacia arriba, y vas viendo como esto se va, digo yo, deshilachando. Porque es difícil. Yo agradezco la virtualidad a la pandemia, porque antes de los días de la semana me tocaban cuatro estar fuera de mi casa a la semana. Siendo dirigente nacional. Entonces, es una brutalidad, tenéis hijos, tenéis vida, tenéis un montón de cosas y a ti te cargan, te cargan emocionalmente, socialmente, el hecho que dejé la casa y los hijos.
– ¿Qué dejaría como de mensaje para este Día Internacional de la Mujer Rural?
Nos falta habilitar los espacios de una participación política de las mujeres que sea de forma adecuada hacia las vidas que tenemos. Eso significa, por ejemplo, que en Chile, por su extensión de más de 4 000 kilómetros, que nos permitan computadoras o conexión a internet desde nuestras casas, que podamos ir a las instituciones y conectarnos sin que nadie nos cuestione el porqué. Eso creo que sí nos abre el espacio de participación política, y de seguro que podemos hacer cosas maravillosas porque tenemos ideas, podemos complementar las ideas de otros.
Desde esa perspectiva, creo que el fortalecer la participación política, pero desde ahí. Digo que con mucho cuidado, porque me sumo cuando hay capacitación a mujeres y me sumo más que nada también para poder mirarlo y poder después opinar desde donde participo en esa acción nacional, decir que el programa que dices que es maravilloso, lo vi, me sumé, me gustó, está super bien o le haría estas modificaciones o tengo esto, o sea, poder hacerlo y lo he hecho. Y de verdad que a veces los nombres son super bonitos, pero lo que te dejan de herramientas reales a las mujeres es muy poco.
¿Qué significa eso? Que después genera una desmotivación de la formación que requerimos para ir a participar. Porque los compañeros siempre han participado y saben cómo estructurar las presentaciones. Nosotras, muchas veces, no. Entonces eso se necesita todavía, no solo desde el lado productivo, sino que para que tengamos la representación de la ruralidad, lo que tenemos que tener es mujeres del lado productivo que tengan las capacidades y las herramientas para que puedan ir a hacer el debate público.
Las mujeres rurales somos parte de las soluciones y no parte de los problemas, que si nos suman de seguro vamos a construir una mejor sociedad, incluso también para la urbanidad. Y en esto de que somos parte de la solución significa no solo que nos vengan a dar soluciones, que nosotros debemos participar de la creación de esas soluciones y tenemos las capacidades, tenemos la experiencia, tenemos la transmisión de esa conversación, y eso nos permite mirar con proyección de sostenibilidad y no solo de sustentabilidad para conseguir lo que es vital para nuestros pueblos, que es la soberanía alimentaria, que no seamos dependientes, que otros decidan qué debemos comer y cuándo comer, sino que seamos capaces de decir qué comer, cuándo comer y por qué comer.
También te puede interesar leer:











