La alimentación de los pueblos originarios es mucho más que una forma de nutrirse: es una expresión de identidad, autonomía y soberanía alimentaria. Sus recetas, saberes y prácticas comunitarias mantienen vivos los vínculos con el territorio y resisten los procesos de despojo y mercantilización de la vida.
Para hablar de la alimentación de los pueblos originarios entre colegas nutriólogas nos preguntamos: ¿Qué podemos hablar desde la alimentación de las familias de pueblos originarios? ¿Sería pertinente referir nuestra experiencia en el acompañamiento a la alimentación de las familias Wixárika, las Nahuas o las Tsotsiles?, ¿o de las características de la alimentación del pueblo Mixe, Mazahua y Hñahñu?
Podríamos referirnos incluso a los proyectos u organizaciones que promocionan y buscan garantizar el derecho a la alimentación y al territorio con las familias Na’ savi, Me’phaa o Teenek, o quizá de la incesante búsqueda de saberes por parte del sector empresarial, político o académico que la mayoría de las veces termina siendo extractivismo cultural y territorial o un insumo más para el sistema económico actual que necesita mercantilizar todo.
Aquí creemos que las acciones que sostienen la vida, como la alimentación en sí misma, no pueden y no deben ser mercantilizadas.
Pero no, esos no serán los temas que abordaremos en este escrito; queremos reflexionar sobre el respeto de nuestra dignidad humana y la autonomía de los pueblos originarios, y preguntarán ¿qué tiene que ver esto con la alimentación?
Por siglos, los pueblos originarios han sufrido atentados a su vida, identidad y a sus territorios; han sido menospreciados sus saberes, su lengua y hasta su alimentación.
El pensamiento colonial ha mostrado a las familias de pueblos originarios con miradas indignas, llevándonos a pensarles e imaginarles desde los prejuicios y folclor, a mirarles no como sujetas y sujetos de derechos, sino como personas a las que hay que “proteger”, sin contemplar su autonomía y autodeterminación.
Nosotras tenemos la convicción de que la autonomía es un elemento inseparable de la dignidad humana, que las personas y los pueblos tienen derecho a la autodeterminación, que las múltiples formas de organización deben ser respetadas y que los Derechos de los pueblos son inapelables.
En los pueblos originarios habita también la diversidad alimentaria, que es equivalente a los múltiples territorios que habitan y la variedad de climas que hay dentro de ellos. La permanencia en sus comunidades de origen permite – aunque implique una variedad de retos y barreras sociopolíticas – la capacidad autogestiva para su soberanía alimentaria, la conservación de recetas traspasadas, adaptadas o experimentadas y las costumbres que se guardan.
Por otro lado, se sabe que muchas familias e incluso comunidades enteras se ven forzadas a desplazarse hacia zonas urbanizadas y a dejar sus comunidades de origen, ya sea de manera permanente o temporal. Esta situación hace que la mayoría de las veces no exista una garantía de sus derechos humanos individuales y colectivos. Generalmente esto ocurre donde existen condiciones sociopolíticas discriminatorias que vulneran el acceso a sus derechos y a una vida digna.
La alimentación es un reflejo de todo esto; la urbanidad empuja al consumo de «alimentos» ultraprocesados, fast food y dificulta preparar o comer en casa cuando la vida se siente que va rápido y cuando los alimentos que se encontraban en el pueblo ahora no están disponibles.
Es así como la alimentación de los pueblos originarios varía y se diversifica, según el territorio que habiten y las condiciones sociopolíticas a las que se enfrenten, reconociendo que la alimentación no solo implica el acto de comer, sino que es un ejercicio de identidad y autonomía.
Dentro de nuestra experiencia, caminando con las familias de pueblos originarios que migran permanentemente o por temporadas a la ciudad de León, Guanajuato, nos ha dejado ver que el sabor que les arraiga es irremplazable y que en muchos casos se hace uso de los alimentos disponibles en la región; porque la industria alimentaria también ha permeado la cultura alimentaria.
Reconocemos la amplia comprensión que tienen los pueblos originarios de los ciclos de vida que crecen o cambian en su territorio: los tiempos fértiles, donde corre o nace el agua; los tiempos para el trabajo, el descanso o la fiesta; el valor de la alimentación en el sustento familiar y comunitario, no solo para el consumo, sino para ser parte del trabajo de la siembra y nutrición de la tierra.
Desde hace décadas, muchos pueblos originarios han migrado a las ciudades para trabajar y buscar otras formas de sostener la vida y desde allí también viven y resisten desde sus costumbres y fiestas, con la lengua hablada y escrita, con sus sueños y luchas. Las familias se siguen organizando, comparten sus experiencias, recetas, rituales de cocina y comida, y eso es un acto innegable de resistencia a través del ejercicio de la identidad.
En su cuidado a la vida, sea en sus comunidades de origen, o en contextos urbanos, las personas de pueblos originarios resisten por su dignidad, territorio y soberanía alimentaria.
Algo de lo que estamos seguras es de que otros mundos son posibles para sostener la vida y nuestra alimentación, gracias a los saberes y prácticas de los pueblos originarios.
Sobre las autoras:

Rocio de Guadalupe Padilla Martinez
Guanajuato, Cd. León, 29 de noviembre de 1997.
Licenciada en Nutrición. Con enfoque en Nutrición Comunitaria. Con especialidad para la Educación Terapéutica en Diabetes. Egresada de la Universidad de Guanajuato.
Participante del programa de acompañamiento a las familias Na’ savi, jornaleras agrícolas migrantes, en el Centro de Desarrollo Indígena Loyola A.C, en los campamentos Na’ valí desde el 2019. Y participante activa en la Biblioteca Comunitaria Ambulante de Comachuen, Michoachan, desde el 2025. Miembro del colectivo Incide_vida, espacio donde politizamos la salud y la alimentación.
Interesada en la promoción de la salud, especialmente en los primeros mil días de vida; la soberanía alimentaria y la salud planetaria.
Miriam Yareli Domínguez Guerrero
Guadalajara, Jalisco, 19 de enero de 2000.
Licenciada en Nutrición, estudiante de la especialidad en Salud Comunitaria en el Instituto Nacional de Salud Pública.
Se desenvuelve en el área de trabajo de la salud y nutrición comunitaria.
Actualmente trabaja en el Centro de Desarrollo Indígena Loyola A.C., acompañando familias de pueblos originarios en procesos de autonomía y promoción de derechos.
Es miembro del colectivo Ach’lum que acompaña a familias tsotsiles en contexto de migración pendular, y participante del colectivo de nutrición comunitaria Incide_vida.
Interesada en procesos organizativos para la justicia social y cuidado y defensa de la vida.







