El componente proteico de la leche materna moldea y protege el sistema inmunitario durante la lactancia e incide en su salud hasta la adultez.
La lactancia materna es el primer alimento que recibe un ser humano al nacer, pero su importancia no solo se limita a ese papel, sino que la ciencia ha demostrado que sus componentes la convierten en un sistema de defensa vivo, dinámico y adaptativo que actúa como el primer escudo biológico del recién nacido.
Entre los beneficios específicos de los nutrientes de la leche materna esta su carga proteica, que moldea y protege el sistema inmunitario inmaduro de lactantes.
Desde el calostro
La leche materna cambia a lo largo del tiempo para ajustarse a las necesidades del bebé. Uno de los cambios más marcados ocurre en la concentración y el tipo de proteínas desde los primeros días postparto hasta la consolidación de la leche madura.
El calostro, producido durante los primeros 3 a 5 días tras el parto, es un líquido denso y amarillento que presenta la mayor concentración proteica de toda la lactancia, alcanzando entre 2.0 y 3.0 gramos por decilitro (g/dL).
A medida que aumenta el volumen de producción de leche materna y se reducen las necesidades inmediatas de inmunización masiva, la concentración de proteína desciende gradualmente hasta estabilizarse entre 0.9 y 1.2 g/dL.
Otro elemento relevante de las proteínas en la leche materna es que a partir de la etapa de la lactancia en que se encuentre, y sus necesidades específicas, se irán concentrando en proteínas del suero (metabólicas y protectoras) y caseínas (nutricionales).
Las proteínas clave y su rol como «escudo de vida»
Las proteínas presentes en la leche materna ejecutan funciones biológicas vitales que destruyen patógenos, bloquean infecciones y estimulan el desarrollo:
Inmunoglobulina A Secretora (sIgA): es la proteína defensiva por excelencia en el calostro. A diferencia de otras inmunoglobulinas, la sIgA es resistente a la digestión gástrica y actúa cubriendo las mucosas del intestino y de las vías respiratorias de la criatura recién nacida. Esto impide que virus y bacterias se adhieran a los tejidos. La sIgA es sintetizada por la madre en respuesta a los microorganismos de su propio entorno digestivo y respiratorio, transfiriéndole al bebé una protección a medida.
Lactoferrina: esta proteína «secuestra» el hierro libre en el tracto intestinal, privando a bacterias patógenas como Escherichia coli de un nutriente esencial para multiplicarse. Posee además propiedades antibacterianas, antivirales y antifúngicas directas.
Factores de crecimiento y citocinas: moléculas señalizadoras como el Factor de Crecimiento Epidérmico (EGF), el Factor de Crecimiento Transformante (TGF-Beta) y el GF-1 aceleran la maduración estructural y el sellado de la mucosa gastrointestinal, reduciendo la permeabilidad a patógenos y alergenos.
Células vivas y función inmunomoduladora: la leche materna transporta leucocitos maternos (macrófagos, linfocitos T y B, y neutrófilos) que migran al intestino de la criatura para combatir infecciones de forma directa y «educar» a sus propias células inmunitarias.
…a mayor tiempo de lactancia exclusiva, mayor protección…
Inmunidad pasiva y activa
La transferencia de anticuerpos y componentes biológicos a través de la leche confiere una inmunidad pasiva inmediata. Esta protección es dosis-dependiente (a mayor tiempo de lactancia exclusiva, mayor protección) y reduce significativamente el riesgo de infecciones gastrointestinales (diarrea, gastroenteritis por rotavirus), infecciones respiratorias (otitis media, bronquiolitis, neumonía), enterocolitis necrotizante en casos de prematurez e infecciones del tracto urinario.
Al mismo tiempo, la leche materna promueve una inmunidad activa, pues al favorecer una microbiota rica en Bifidobacterium y Lactobacillus, las proteínas y oligosacáridos ayudan al sistema inmune de la criatura a discriminar entre patógenos peligrosos y sustancias inofensivas.
Estos procesos biológicos de la leche materna inciden que, a largo plazo, quienes reciben lactancia materna muestran menor incidencia de enfermedades alérgicas (asma, eczema), afecciones autoinmunes (diabetes tipo 1, enfermedad celíaca), obesidad y trastornos metabólicos en la edad adulta.
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Referencias bibliográficas
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