La transición de las dietas tradicionales basadas en alimentos naturales hacia patrones de consumo dominados por productos ultraprocesados en la región ha sido influenciado por las estrategias de marketing que han operado durante décadas.
Así lo considera el sociólogo e investigador Diego Rodríguez, de la Organización Multidisciplinaria para la Integración Social (OMIS) Uruguay, quien explica que los datos de la Organización Mundial de la Salud (OPS) revelan que la mayoría de los países han incrementado el consumo de estos productos.
Rodríguez sostiene que esta tendencia ha sido alimentada por una publicidad que “ha sido fundamental para este cambio de consumo o de patrón de consumo en la población».
Un escenario propicio
Esta influencia de la publicidad y el marketing de ultraprocesados no se da en el vacío. El investigador sostiene que la sociedad actual se encuentra sumergida en entornos obesogénicos, donde la presión publicitaria es constante y abrumadora.
Rodríguez argumenta que no solo se carece de un acceso sencillo a una alimentación saludable, sino que las personas están rodeadas de productos ultraprocesados y son continuamente bombardeadas por marketing que estimula su consumo.
Al respecto, señala que «no solo no tenemos al alcance de la mano una alimentación saludable, sino que estamos rodeados de productos ultraprocesados, pero por otro lado también somos continuamente bombardeados por publicidad y marketing que nos estimula al consumo de estos productos».
Explica que esta estrategia se manifiesta de forma dual, por un lado, apelando una racionalidad en los adultos, padres y cuidadores, bajo supuestos beneficios de algunos de estos productos, construyendo un mensaje que lleva a pensar que si no se consume podría perjudicar la salud del niño.
“Es generar la culpa, activar esa parte racional de nuestro pensamiento de si no hago esto, voy a perjudicar su salud futura o actual», apunta.
Por otro lado, Rodríguez apunta que existe un mensaje dirigido específicamente a la infancia que apela a lo irracional y lo emocional, con el uso, por ejemplo, de personajes, colores y sonidos en los paquetes, diseñado para generar una exigencia insistente del niño hacia sus cuidadores.
“Eso es un mensaje irracional por emoción dirigido a niños y niñas» donde, por ejemplo, un niño de corta edad pide un producto de forma insistente, Este estímulo genera un conflicto en el momento de la compra sobre la exigencia del niño a quienes lo cuidan, una situación que, según el sociólogo, «también está pensado» por la industria para forzar el consumo.
Rodríguez establece un paralelismo directo entre la industria alimentaria y la del tabaco, recordando que las agencias publicitarias que hoy se oponen a regular los ultraprocesados son las mismas que en su día lucharon contra las restricciones al tabaco.
Atrapando el futuro
Subraya que la industria de ultraprocesados hace su apuesta desde la publicidad y el marketing a la población más joven porque necesita “clientes futuros”. «Bajar la prevalencia de consumo de este producto o de ultraprocesados, a la industria le implica quedarse sin clientes futuros. Por lo tanto, tienen que reforzar esas estrategias».
También cuestiona el argumento de la «libertad de elección» esgrimido por las empresas, proponiendo como desafío el uso de empaquetados neutros. «Si somos libres de elegir, lo que yo le propongo a la industria alimentaria es hacer paquetes neutros sin saber lo que tiene adentro, y dejemos que los niños realmente decidan a ver qué quieren».
Retos de la regulación
En cuanto al panorama de las políticas públicas, el investigador observa que el avance en la región es lento debido al cortoplacismo y los intereses.
Rodríguez advierte que «es muy difícil por la versión cortoplacista de los gobernantes, porque los intereses electorales siempre están vigentes, son las personas que le hacen las campañas después».
Menciona que Chile, México y Argentina han logrado hitos importantes al regular la publicidad vinculada al etiquetado frontal, pero recalca que todavía falta camino por recorrer para que la población asuma que estos productos afectan seriamente la salud. «Falta que logremos que la gente realmente tome conciencia y se logre regular la industria, pero mientras la gente no tome conciencia y no exija a sus gobernantes o no piense que eso está mal, es difícil».








