Los errores están por todas partes. En el pasillo de los snacks prácticamente no hay sellos de “Alto en…” sal o grasas. Las gelatinas, que son básicamente una mezcla de azúcar con aditivos, no tienen ninguna advertencia sobre el exceso de azúcar. Algunas galletas llevan advertencias sobre el exceso de azúcar y grasas saturadas, mientras que otras sólo tienen el sello para el azúcar. Los supermercados se han convertido en una exposición al aire libre de cómo las lagunas son la norma y no la excepción en el modelo de etiquetado frontal adoptado por Brasil.
Brasil lo tenía todo para crear un sistema de etiquetado frontal eficaz. La Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) abrió en 2014 un grupo de trabajo para debatir el tema. Fue una respuesta a una solicitud oficial del Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Consea), un organismo asesor directo de la Presidencia de la República.
Ese mismo año, la nueva edición de la Guía Alimentaria para la Población Brasileña declaró con todas las letras —de forma pionera en el mundo— la necesidad de evitar el consumo de productos ultraprocesados. Anvisa, en teoría, debía obedecer esta directriz del Ministerio de Salud.
«Chile había sido pionero al decidir colocar alertas en forma de octógonos negros en la parte frontal de los envases. Las primeras evidencias comenzaban a mostrar que ese era el modelo con mayor éxito…»
En 2016 y 2017, cuando el debate entró en una nueva fase, Chile había sido pionero al decidir colocar alertas en forma de octógonos negros en la parte frontal de los envases. Las primeras evidencias comenzaban a mostrar que ese era el modelo con mayor éxito para cumplir con el objetivo de desalentar el consumo de ultraprocesados.
Luego, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicó un perfil de nutrientes para ayudar a los países a definir los criterios sobre qué alimentos deberían recibir los sellos de advertencia.
Anvisa contaba con una condición singular: tenía el respaldo de organizaciones de la sociedad civil y disponía de un excelente conjunto de evidencias científicas tanto sobre modelos de etiquetado frontal como sobre los daños a la salud causados por los productos ultraprocesados. Los primeros signos fueron positivos. Tras el cierre del grupo de trabajo, los directores y la Gerencia General de Alimentos comenzaron a discutir qué modelo debería adoptarse.

En mayo de 2018, un análisis preliminar declaró que el sistema chileno era el que mejor funcionaba. Hasta entonces, estaba claro el rumbo del trabajo: la producción de evidencia científica independiente nos debería llevar a la mejor opción. Pero a partir de ahí, todo se descarriló.
Como Anvisa empezó a ser ambigua y evasiva en su discurso, es difícil saber cuál fue el momento clave en que el proceso se desvió. Publiqué decenas de reportajes entre 2017 y 2021 que, leídos en retrospectiva, ofrecen un rompecabezas cuyas piezas pueden colocarse en cualquier orden.
- Nuevo presidente de Anvisa se alinea con la industria de alimentos
- Nestlé dice que “no aceptará” advertencias en los envases
- Ministro de Salud presiona a Anvisa por un modelo de etiquetado ineficaz
- Presidente Michel Temer no quiere advertencias en los envases.
Es innegable que el contexto político era adverso. En teoría, Anvisa tiene autonomía frente al Ministerio de Salud. Pero la discusión sobre el etiquetado tuvo lugar en medio de dos gobiernos no democráticos. Jair Bolsonaro es el presidente que amenazó con cerrar la Corte Suprema y que intentó dar un golpe de Estado. ¿Hay dudas sobre lo que podría hacer con un organismo regulador?
Para empeorar, se trataba de un presidente abiertamente negacionista en cuestiones de salud, que decía que la COVID-19 era solo “una gripecita” y que las vacunas instalaban chips de espionaje chinos.
Pero eso no impide señalar los errores. Al fin y al cabo, si ya están comprobados, ¿por qué no retroceder y adoptar un sistema de etiquetado que realmente funcione?
Conciliación
Si es difícil entender cuál fue el momento de quiebre, es fácil interpretar cuál fue el cambio en el razonamiento, porque en diversas ocasiones se hizo público que la agencia estaba buscando un equilibrio entre la salud pública y los intereses privados.
Anvisa fue creada por una ley de 1999 que no deja margen para dudas sobre sus atribuciones: “normatizar, controlar y fiscalizar productos, sustancias y servicios de interés para la salud”. ¡Y así fue en sus primeros años!, cuando adoptó advertencias en paquetes de cigarrillos y llegó a crear un conjunto de normas vanguardistas para prohibir la publicidad de productos alimenticios nocivos a la salud y adoptar alertas en el frontal de los envases. Pero, acosada por decisiones judiciales favorables a las corporaciones, Anvisa fue moldeando su discurso.
Hoy en Brasil predomina la orientación de conciliar entre intereses privados y salud pública.
En el caso del etiquetado frontal, conciliación sería una palabra posible si los principales fabricantes de alimentos tuvieran en los productos saludables su principal fuente de ingresos. Pero reconocer que la realidad es exactamente lo contrario parece ser lo mínimo, no solo por respeto a la evidencia científica, sino, también, por sentido común.
Un análisis solicitado por la propia Nestlé —entonces la mayor empresa de alimentos del mundo—, mostraba que la casi totalidad de su portafolio no podía considerarse saludable, y bajo ninguna hipótesis podría llegar a serlo.
El hecho es que, una vez que Anvisa dejó de tener a la ciencia como guía, el horizonte dejó de ser claro para volverse difuso y borroso. Era viable inventar cualquier ícono para comunicar el exceso de nutrientes. Era posible elegir aleatoriamente qué nutrientes críticos debían considerarse. Y era factible definir un perfil de nutrientes con niveles bastante creativos y flexibles. Al fin y al cabo, ¿dónde está el punto medio entre los intereses privados y la salud pública? Elija como quiera.
«En lugar de un sistema de advertencias, se propuso la adopción de lupas, siguiendo el modelo de Canadá, un sistema sin suficiente evidencia científica ni validación práctica.»

Lupas sacadas del bolsillo
Entre 2018 y 2019, Anvisa pasó largos meses en silencio; y mientras las organizaciones de la sociedad civil eran recibidas con cuentagotas, las corporaciones representaban casi el 90% de los compromisos de los directores.
En septiembre de 2019, finalmente, la agencia abrió una etapa de consulta pública para definir el nuevo modelo de etiquetado frontal. Fue un momento particularmente impactante para quienes seguían las discusiones. En lugar de un sistema de advertencias, se propuso la adopción de lupas, siguiendo el modelo de Canadá, un sistema sin suficiente evidencia científica ni validación práctica, ya que el país del norte aún estaba en etapa inicial de implementación. En lugar del perfil de nutrientes de la OPS, se propusieron parámetros creados por la propia agencia nacional, sin dejar claro cuáles fueron los criterios ni realizar pruebas para verificar su funcionamiento en la vida real.
Creo útil citar una declaración de la directora responsable del proceso, Alessandra Soares, sobre el razonamiento que guió la decisión:
“Nuestro objetivo principal es hacer clara para el ciudadano la información para que la decisión sobre la elección del alimento sea suya, y con la mayor certeza posible sobre lo que está consumiendo. ¡Eso es lo que queremos que entienda!: que mire el rótulo y entienda lo que está consumiendo.”
Tal vez sea un buen momento para recordar que la campaña impulsada por la Asociación Brasileña de la Industria de Alimentos (Abia) se llamaba <Tu libertad de elección>, y se basaba en la idea de que tenemos excelentes opciones a disposición para elegir libremente.
La elección de palabras importa: el modelo chileno es bueno para desalentar el consumo de ultraprocesados, pero si la idea es crear un ranking entre productos malos, muy malos y pésimos, entonces sí, hay otros sistemas a considerar.
Este también parece un buen momento para informar que, tan pronto dejó la agencia, Alessandra Soares fue contratada como consultora por corporaciones que están bajo la regulación de Anvisa.
«Cuando las corporaciones que deberían ser reguladas son invitadas a sentarse a la mesa en el mismo papel que quienes defienden los intereses de la sociedad, lo único previsible es que el resultado no será bueno.»
Calma, aún puede empeorar
El informe de análisis publicado un mes después, en octubre de 2019, hacía la situación aún más alarmante. El factor central en la toma de decisiones fue la palabra “miedo”. No el miedo que Anvisa siente por las corporaciones del sector, sino el supuesto miedo que la gente tiene al ver los octógonos usados en Chile.
La agencia había ocultado deliberadamente el hecho de que las advertencias habían superado a otros modelos en un estudio encargado por la propia Anvisa a un centro de la Universidad de Brasilia.
En Brasil, tenemos el dicho: “Calma, todo puede empeorar”. Eso fue exactamente lo que pasó. En diciembre de ese año, mostré cómo Anvisa había distorsionado esta evidencia científica. Las investigadoras responsables del estudio publicaron una carta en la que desautorizaban la interpretación de la agencia:
“En relación al ítem ‘la presencia de este sello me causó miedo’, aclaramos que la pregunta, por su simplicidad, no permite de forma alguna calificar o discriminar
Y sí, calma, todo aún puede empeorar. La pregunta sobre el miedo no formaba parte del diseño original del estudio: fue incluida a pedido de la agencia. Y, aun así, no era más que un ítem irrelevante, perdido entre muchos otros. Pero Anvisa seleccionó justamente ese punto, que había estado en la caja de herramientas de la industria durante todos esos años. El detalle nada irrelevante es que el miedo, en este caso, puede ser algo bueno, si las personas comienzan a rechazar ciertos productos, porque eso cumple justamente con el objetivo del etiquetado frontal.
Un documento interno de Abia, revelado por mí en 2021, no deja duda de quién salió victorioso en el diálogo entre intereses privados y salud pública. La representante de Nestlé, Danone, Mondelez y Pepsico detalla paso a paso cómo fue conduciendo a la agencia hacia una decisión favorable a sus intereses.
En resumen
En síntesis, Brasil adoptó en 2020 un modelo de etiquetado frontal peor que el de varios países latinoamericanos. Hasta ahora, no existe un conjunto de evidencias científicas que permita entender con precisión cómo este sistema de etiquetado frontal adoptado por Brasil ha influido en las decisiones de compra, lo que no impide comprender la fragilidad de la decisión del organismo regulador. Las estanterías de los supermercados exponen un sinfín de contradicciones.
- La adopción de una lupa que condensa los nutrientes es potencialmente perjudicial para personas analfabetas, que, en caso de duda, podrían guiarse por la cantidad de advertencias.
- En Brasil, que tiene un alto índice de personas no capacitadas para interpretar información básica, esto no es un problema menor. El perfil de nutrientes creado por Anvisa es frágil. Basarse en la ausencia de sellos para decir que un producto es saludable sería una locura.
- Anvisa definió un modelo de etiquetado basado solo en el exceso de sodio, azúcar y grasas saturadas. A diferencia de otros países, la agencia entendió que no había evidencia suficiente para justificar una advertencia sobre las grasas en general. Y ni siquiera quiso considerar la posibilidad de crear una advertencia sobre la presencia de edulcorantes —el resultado es obvio: los niños están siendo expuestos a un experimento en tiempo real sobre lo que ocurre cuando toneladas de azúcar se reemplazan por toneladas de edulcorantes.
- Anvisa dio un plazo largo, de dos a tres años, para la adaptación. Después, aún decidió por una prórroga de un año más, que solo no prosperó porque el Instituto Brasileño de Defensa del Consumidor (Idec) obtuvo una decisión judicial favorable.
Brasil tiene un historial de buenas medidas de salud pública y promoción de la alimentación adecuada y saludable. Tiene una política exitosa de control del tabaco. Un programa nacional de alimentación escolar que funciona desde hace siete décadas. Programas de compra pública de alimentos producidos por campesinos y distribuidos a personas de bajos ingresos. Y mucho más.
Pero, en el caso del etiquetado, el ejemplo que Brasil dio al mundo fue de todo lo que no se debe hacer. Cuando las corporaciones que deberían ser reguladas son invitadas a sentarse a la mesa en el mismo papel que quienes defienden los intereses de la sociedad, lo único previsible es que el resultado no será bueno.








